Ese zumbido interno constante no desaparece cuando querés — te acompaña en habitaciones silenciosas, momentos de calma y, sobre todo, durante la noche.
El silencio que debería ayudarte a relajarte solo lo vuelve más fuerte, transformando el descanso en frustración y la calma en estrés. Con el tiempo, sentís que no hay botón de apagado, no hay escape y no hay un alivio real.